jueves, 15 de febrero de 2018

Mala Madre


Busqué en aquella fotografía los ojos de una madre y no los hallé. Ni siquiera en el abrazo retratado, tus brazos palpé. Y aunque ahora, ya una adulta, observó tu apariencia, ¿no te siento, no te quiero, no te amé?
Busqué en otros hermanos a alguien de mi piel y no encontré, de aquella historia que no fue, de un apellido, una sangre y una jerarquía que jamás entenderé.
No te vendas, no me busques, no estaré.
La canción que me invade, la que me llena los ojos de lágrimas, la que define una madre y la que aun odiándote con toda mi alma, se que en el fondo es amor, y me hace volver a caer.
Es la sensación de querer saber, de entenderte, porque ahora que soy madre, yo no puedo, no comprendo el abandono. No soporto el recuerdo. No tolero tu desprecio.
Me disfrazo de alguien fuerte. Me tapa la máscara de mujer grande. De persona sin tormentos. De madre primeriza. Y, al final, siempre eres tu la protagonista.
Aun así eres tú, la que continua haciendo herida.
By Miriam Giménez Porcel. 

domingo, 4 de febrero de 2018

La cordura


He perdido el control de mi locura. 
Parece de locos e incluso incoherente, pero lo cierto es que vuelvo a estar cuerda y no me gusta.
He perdido las ganas de todo. 
Si bien es cierto que todos aconsejaban, sin haberles preguntado, jamás les tomé en cuenta. 
No escuchaba sus miedos. 
Todos infundados, porque yo me sentía viva.
Pero ahora, ¿qué he ganado? - les pregunto. 
Porque no me siento mejor. Ni siquiera realizada. 
Ni resuelta.
Era feliz con aquella locura, con aquel modo mío particular de ver el mundo. 
Al fin y al cabo mi mundo. 
He perdido las ganas de vivir, porque vivir de este modo es absurdo.
Construía el bien. Me llenaban las ilusiones, me entristecían las penas.
Pintaba los días del color que me gustaba,
escribiendo poemas.
Sonreía al sol cada mañana.
Y recibía la lluvia agradecida.
Maquillaba mis labios de rosa fucsia.
Jugaba con las texturas.
Construía sabores. 
Formaba sensaciones.
¿Crees que es una broma?
Era mi particular cordura. 
Y ¿quién es quién para evaluar cada conducta? 
By Miriam Giménez Porcel.

domingo, 28 de enero de 2018

Sin tapujos

Demasiada sal y poca azúcar.
Hay en esta casa tan revuelta.
Tan sencilla y enquistada de recuerdos.
Muy sútil te das la vuelta. 
Sin mirarme ni a la cara,
vas perdiendo tus recursos.
Demasiada sal y poca azúcar.
Repito yo a mis adentros.
En esta casa sin espejos.
Tan cargada de lamentos.
No fue el tiempo el que cerró estancias.
El que corrió el pestillo y abrió la jaula.
No fue eso quien nos hizo correr lejos.
Buscando la luz que jamás hubo dentro.
Fue la ausencia de silencio.
Fue buscarse un refugio.
 Huir de esas paredes
 de las que jamás se borraría el adn de nuestros juicios.
Fue ese miedo en cada noche,
en cada insulto,
en cada nuevo duelo.
 Gritarse todo sin tapujos.
Demasiada sal y poca azúcar.
En aquella casa donde siempre faltó paz
y sobró mucha falta de respeto.
By Miriam Giménez Porcel. By:

lunes, 22 de enero de 2018

Tierna infancia


CAPITULO I
SIN PRESENTACIONES
Sofía y sus ojos negros que encandila allá por donde pasa.
La mirada de esa niña era algo mágico, inaudito, inexplicable. A cualquiera que preguntes en el barrio así te dirá. Enamoraba a cualquiera. Y ella lo sabía y lo explotaba. Comenzó de cuna. Ya sabía que con un parpadeo, su padre dejaba todo y se quedaba embobado ante lo que pidiera su princesa. Fue la consentida de papá y la muñeca de mamá.

A los dieciséis años, su larga melena, de un negro azabache, acabándole en unos rizos imperfectos, la hacían más bella y mujer, de lo que sus amigas aparentaban.
En el instituto no dejó de ser “la morena”, hasta el mismo día que lo abandonó. Quería ser peluquera, y aunque sus padres no lo conseguían entender, siempre habían deseado en que llegara a acabar una carrera, decidieron invertir en lo que la niña ansiaba.Raul creció con el convencimiento de que la vida era un regalo. Y que si él estaba allí, era por algo.
Nunca fue buen estudiante. Su madre desistió en los intentos porque estudiara algo de provecho. Su padre sencillamente se limitó a llegar a casa y gritar. No mirarlo ni a la cara y protestar. Creció con el desprecio continuo. "Este niño no vale para nada. Este niño ha salido a tu familia. Vaya engendro has tenido" y cuanto más crecía más despectivas eran sus palabras. Y cuántos más años cumplía, más desgraciada era su madre. Ella, que siempre se apoyó en él cuando era un crío. La única salida, el único consuelo a tanto llanto y sufrimiento. Su niño, ese por el que vivía. O más bien luchaba por sobrevivir. Los golpes enmascarados. Los moratones maquillados. El temblor de sus manos cuando servía el desayuno, la comida o las cenas. Ya no podía ser disimulado ante un adolescente. 
Raul no era ni ciego, ni sordo, ni tonto. Amaba a su madre más que a nada en este mundo y odiaba a su padre en la misma medida.
Un cinco de julio, como cualquier otro verano, de los últimos vividos, los jóvenes del barrio se reunían en el chiringuito de la playa. Se había hecho viral el encuentro nocturno por aquella zona. Música, buen ambiente y alcohol a precio asequible.
Sofía, con ese agraciado tono de piel que, al primer rayo de sol de esa estación, ya la hacía parecer casi una mulata, se paseaba con un vestido de tirantes floreado que la hacía resplandecer más si cabe aquella noche.
Raul la observaba desde la barra del chiringuito. Preguntó al camarero. "¿La conoces?". Ni idea, fue la contestación del otro. Siguió recorriendola de arriba a bajo con la mirada. Esas sandalias que la alzaban cual diosa. Ese cabello negro ensortijado. ¿Como olería?. Se dijo a si mismo que hoy lo sabría.
La musica estaba especialmente alta para poder conversar, así que tanto las amigas de Sofía como la propia chica decidieron marchar a otro sitio más tranquilo. Ya estaban cansadas de gritarse la una a la otra. Y Sofía aquella noche estaba especialmente feliz, sus padres le iban a ayudar economicamente con su curso, e incluso habían visto un local cerca de casa, que si al finalizar los estudios seguía disponible, sería suyo. "¿Alguien se lo imagina?", les dijo a sus amigas, ya sentadas en la terraza del bar de la plaza. "¡Mi propio negocio!"
Las risas, los elogios, la alegría se contagió en el grupo y no dejaron de brindar y de sentir que todas pertenecerían a ese negocio. Y pasarían largas horas allí, haciendo compañía a su amiga.
"¡Alguien conoce al chico que nos mira desde el bar?! Nos ha seguido hasta aquí desde el chiringuito! Dijo una de ellas.
Todas observaron y ninguna creyó reconocer a Raul para nada. 
"Viene hacía nosotras" Sonrió Sofía ante el descaro del muchacho que la miraba como si la quisiera comer allí mismo.
Justo cuando pensaron que les diría algo, Raul pasó de largo, sin quitar ojo a la chica.
Ella se ruborizó al pensar que estaba por ella, así que giró para mirarlo de arriba a bajo y lo vió desaparecer por la calle principal.
Después de los mojitos consumidos, los secretos confesados, los deseos expresados y la promesa de verse al día siguiente para pasar la mañana en la playa, las chicas se despidieron, marchando dos de ellas hacía el coche aparcado cerca del chiringuito y Sofía camino de casa por la calle principal.
Había sido una bonita noche. Eran las tres. Así que no sería difícil levantarse para ir tomar el sol, con lo que le gustaba. Le mataban los pies aquellas sandalias, y los adoquines de la calle, la hicieron tropezar dos veces. A la tercera se tambaleo de tal manera que se avergonzó porque cualquiera que la viera pensaría que iba borracha.
Escuchó unos pasos. Se giró. Raul no se escondió. Ella gritó. El le tapó la boca. La agarró del pelo y la hizo caer, para cogerla fuerte por el brazo e inmovilizarla. Los ojos de la chica se le iban a salir de las orbitas, temblaba de terror, pero aun así se defendía con todas sus fuerzas. Sintió como la hacía caer, el dolor era insoportable. Si seguía tirándole así del pelo se lo arrancaría de cuajo. Tenía que intentar escapar de aquel demente, era el mismo que las había estado observando en el bar de la Plaza. Maldita sea, tendría que haber aceptado la invitación de su amiga de acercarla a casa con el coche.
-¡Me mirabas con cara de deseo, guarra! - Dijo lamiéndole la cara, mientras ella notaba una arcada que provenía del estómago. Seguía tapandole la boca con la misma mano que agarraba su cabello, y con la otra la inmovilizaba, sin ella poder entender como lo conseguía, porque la altura de la muchacha no era mucho menor que la de él. Pero estaba claro que ganaba la fuerza. La había echo caer en un segundo y la estaba arrastrando, hacia no sabía donde. Ni podía gritar, ni morderle, porque lo había intentado, ni soltarse. Se estaba magullando las piernas y sentía que en cualquier momento se desmayaría. El seguía diciéndole cerdadas, con una rabia que daba miedo. 
Raul, que jamás había cometido un acto así con ninguna otra mujer. Aunque conocía sus dotes de macho dominante, se sentía poderoso. Tenía la muchacha más bella, solo para él y solo de él. Aun no tenía claro que sucedería. Pero era suya. Menudo trofeo. Si su padre supiera. Entonces si que no diría que era un desgraciado, malnacido que no merecía haber pisado la tierra. Él era Raul, un tío grande. Y su padre se enorgullecería.
CAPITULO 2
LA BUHARDILLA
La empujó, arrastró y magulló todo el camino. No podía creer la suerte que tenía. Ella estaba perdiendo la fuerza. Y para él era más sencillo manipularla. Qué fácil era una mujer. Sabía que ninguna se le resistía. Pero Sofía, desde el momento que la vió en el chiringuito de la playa supo que esa era la que él estaba buscando. La única.
En su infancia, Sofía fue tratada continuamente como entre nubes de algodón. Jamás vivió la violencia. Ni de puertas para adentro, y mucho menos de puerta para afuera. Sus amigas, desde parvulario, amigos, unos cuantos, que la habían tratado con cariño y con respeto. Y algún noviete más serio que hubiera llegado más allá que otros, siempre había sido, por expreso deseo de la muchacha, muy sutil y cauteloso en no hacer más de lo que ella le fuera guiando. Perdió la virginidad con Pablo, dos años mayor que ella. No se arrepentía. Aunque no lo contó más que a su mejor amiga. No estuvieron más de dos meses después de aquello. Tal vez la diferencia de barrios, de clases sociales, de amistades, les fue separando. Pero incluso él, del que se enamoró perdidamente y podría haber hecho con ella lo que hubiera querido, jamás se propasó.
Raul era distinto. Siempre mostró un carácter retraido. Observador. De los que intenta pasar desapercibido. Y con sus conquistas, nunca escondió la fuerza. Las ganas de dominar. De ser deseado. De amoldar a sus amantes según lo que le apeteciera. Y había tenido suerte. Todas, las tontas, como él decía, habían accedido desde el principio a sus gustos estramboticos en la cama. Ni se sentían maltratadas, ni jamás lo denunciaron. Ganaba peso el hecho de que fuera muy guapo. De hecho siempre había sido el más guapo de la clase, del trabajo, del gimnasio y de cualquier garito al que accediera. Conseguía atraer la mirada de cualquiera. Las envidias de los colegas crecían, porque se llevaba a la que quisiera. Él echaba un vistazo, y les decía, aquella, la del fondo, o la rubia, o la de rojo, y en menos de una hora estaban en la puerta dándose el lote y haciendo planes de hacia donde acabar la noche. Tenía llaves del piso de José, un colega al que le había reformado el baño, con su arte y conocimientos adquirido con los años, y ahora su amigo estaba estudiando en Londres, lo que le daba carta ancha para que u piso fuera utilizado de picadero, mientras se lo cuidara y dejara siempre en condiciones.
La de tías que había llevado allí. Si José supiera, le hubiera retirado las llaves de su poder hacía tiempo. Pero para él aquel piso no significaba nada. A pesar de que había conseguido hacer barbaridades a las muchachas, ya nada le llenaba.
Sofía era distinta. Como bien había dicho. Era única. Mientras la subía en brazos, daba gracias a sus horas de pesas, ahora las veía bien empleadas. La muchacha había recibido un golpe seco, para que dejara de molestarle en el transcurso de la bajada de la calle. Se había puesto ya muy pesadita. Creyendo que había perdido la fuerza, en un momento dado, ella se intentó liberar de la mano que retorcía la suya. Eso hizo reaccionar al muchacho. No podía escapar, ni la dejaría gritar. Así que lo mejor era que durmiera un rato.
Al abrir la puerta, le llegó el caracteristico olor a cerrado, de los pisos antiguos y poco ventilados, de la zona vieja de la ciudad. Por mucho que abriera ventanas no conseguiría hacer nada. Así que simplemente se dedicó a amordazarla y atarla los pies y brazos con bridas que ya tenía preparadas, de otras sesiones mantenidas con algunas de aquellas cerdas que se dejaban hacer de todo.
Tenía claro que ella era distinta. Pero aun así quería comprobarlo. Se erizaba, solo de pensarlo.
Que se resistiera. Zarandearla. Darle un bofetón. Tirarla en la cama. Levantarla, para volver a tirarla. Se lo imaginaba y más emocionado estaba.
Miró la hora. Las cinco y media. Había tardado más de la cuenta, pero aun no era muy tarde para llegar a casa. Total se había evitado oir llegar a su padre, borracho, oir llorar a su madre, mientras él la insultaba. Y oir violarla hasta quedar dormido y ella ir al baño a ducharse durante una larga hora. Siempre los mismos ruidos. Siempre la misma canción. Hoy no la escucharía, y se alegraba de ello. Por hoy tengamos la fiesta en paz, se dijo a si mismo. Sabía que un día sucedería algo. Y que él era el salvador de su madre. Pero ¿cuándo? Eso ya se vería.
Cerró la puerta con cuidado de que ningún vecino lo escuchara. Aunque no era la primera vez que lo veían entrar o salir de aquel piso, ya lo conocían, no le interesaba que esta vez supieran de su presencia allí.
Volvería mañana o al día siguiente a ver a su niña. La que había escogido con sumo cuidado, y sabía que era la elegida.
Sofía no despertaría hasta pasadas unas horas. Tal y como la había atado y amordazado era imposible que hiciera nada. Máximo tirarse de la cama. Peor para ella, eso le dolería, si es que con la torpeza no se dislocaba o rompía algún hueso. 
CAPITULO 3
VAMOS A CONOCERNOS MEJOR
Tres días con sus tres noches había estado Sofía tirada en el suelo. Después de haber intentado soltarse, reptar y varios intentos más por llegar hasta la puerta y dar golpes. Perdió la esperanza de que la oyeran. No sabía dónde estaba, pero aquello era un piso, y debía ser un edificio, y vivirían más personas en los otros pisos, así que alguien la escucharía. Pero no. Cualquier intento era en vano. En el de al lado, o el de arriba, o el de abajo, no sabía justo cual, había una persona, que mínimo estaba sorda, ya que tenía la televisión a un volumen denunciable, y la mantenía encendida día y noche, o al menos cada vez que ella estaba despierta. Tenía mucha sed. La voca seca. No demasiada hambre, pero sentía debilidad. Le dolía todo y ya no le quedaban lágrimas. Pensó en sus padres. Los imaginó rotos de dolor, poniendo la denuncia de su desaparición. Ella jamás, jamás había pasado una noche fuera de casa sin avisar con antelación y quedar bien programado dónde podían encontrarla.
¿Su móvil? o mejor dicho, ¿Dónde estaba su bolso? Tal vez así podrían localizarla. No entendía mucho, pero había oido hablar, por ahí, que si querían localizar a alguien podían saber por la ubicación de su móvil. No siquiera tenía claro cuánto tiempo llevaba allí, así que en todo caso, su móvil llevaría apagado ya demasiado tiempo, si es que el tío aquel no lo había destrozado, desde el minuto uno que la había encerrado en aquella habitación. No lo recordaba. Pero probablemente le quitó el bolso. Si, todo fue muy rápido. 
Raul, llevaba unos días nervioso y su madre se había dado cuenta. Aquella mañana, cuando su marido dio el portazo de salida, y para ella su liberación del día, se acercó a él, que estaba en la cocina desayunando en silencio con la mirada agachada y le preguntó. "¡Cariño, estás distinto, distante, raro y muy nervioso!" Raul la miró fijamente, pero con ternura. Realmente ¿creía ella que en aquella casa se podía estar de otro modo? Pobre mujer, igual pensaba que él no oia nada de lo que sucedía por las noches.
"No te preocupes por mi, mamá, estoy bien. Algo más cansado. Será esta calor que nos está matando a todos"
Ella lo miró, a esta edad, a un hijo es mejor no molestarlo con preguntas. Si quieren contar algo, hablan. "Será eso hijo" fué lo que se le ocurrió decir y le dio un beso en la cabeza como cuando era niño. 
Raul cerró los ojos y lo recibió con media sonrisa. Esa era su madre, la que le amaba de un modo incondicional. 
A pesar del gesto de cariño de su madre, se levantó de un modo muy brusco y cogió el móvil de la mesa. "No me espereis esta noche, hay una fiesta en casa de un colega, no vendré a dormir" y el portazó, más suave que el de su padre, pero al fin y al cabo un portazo, la dejó sola en la cocina mirando hacia la puerta y deseando poder cerrarla con mil cerrojos y morir allí sola, sin más presencia que su angustia, y dolor por la vida que le había tocado vivir.
Raul se encaminó al trabajo. Silvó todas las canciones de la radio. Sonrió a los clientes que llegaban a recoger el coche ya arreglado y que les agradecían la rapidez en sus servicios, con generosas propinas. Comentó a su jefe que necesitaba salir antes aquella tarde y a las cuatro en punto, sin siquiera haber comido marchó hacia el piso de José, para ver cómo se encontraba Sofía.
Pasó antes por el super y compró una garrafa de agua y cuatro hamburguesas con una barra de pan. No era una cena elegante. Pero si que sería una cena distinta.
Abrió la puerta igual de sigiloso que la cerró, tres días atrás. Aunque con lo alta que tenía la televisión la vecina de siempre, poco iban a escuchar los de alrededor.
Dejó todo en la cocina. Se dirigió al dormitorio donde debía encontrar en la cama a Sofía. Aunque, por el genio mostrado, sabía que no. Tal y como se imaginaba, estaba en el suelo. Sentada entre la mesita de noche y el armario ropero. Mirándole fijamente. Casi podría adivinar en su mirada, que ansiaba su llegada. 
 "Vaya, nadie me había recibido con una mirada más suplicante en mi vida" La ironía no era su fuerte, pero con ella le gustaba emplearla.
Sofía se encogió aun más sobre si misma. No quería ni escucharle. A pesar de que sabía que debía beber e incluso comer. Raul era la única persona que en ese momento iba a suministrarle eso que necesitaba para volver a coger fuerzas y escapar.
-¡Te voy a levantar, espero que no te hayas hecho daño, porque no voy a andar con mucho cuidado! - dijo Raul directo y sin un atisbo de bondad. - Si colaboras irá todo bien, sino, creo que no te va a gustar lo que te puede pasar.
Sofía se dejó levantar. Se encaminaron a un salón muy pequeño. De hecho aquello parecía una buhardilla más que un piso. La cocina tipo americana estaba apenas a un paso del saloncito y divisó la garrafa de agua, que le hubiera gustado echarse encima con sus propias manos. Raul la comprendió y le ofreció un vaso y la garrafa en cuanto la sentó en el sofá.
-¡Te has portado muy bien! Llevas muchos días encerrada y maniatada, te voy a soltar, para que bebas, es primordial que lo hagas despacio. Te repito, no intentes nada Sofía. No deseo, por ahora hacerte ningún daño. Ni grites, ni te defiendas!
Los ojos de la muchacha le imploraban que la soltara.
Le quitó la cinta carrocera de la boca lo más cuidadoso posible. Aun así sabía que le dolería. Las bridas que sujetaban ambas manos las cortó con las tijeras. Una vez se vió suelta, Sofía se tocó los labios, que se notaba secos y rotos por aquel vendaje. Le dolían las muñecas y sentía que su cuerpo estaba entumecido de permanecer tanto tiempo en aquella postura. Deseo lanzarse, pero se contuvo. Necesitaba beber más que otra cosa. Levantó la mano hacia el vaso sin decir nada. Bebió de un trago lo que le había echado. Volvió a beber de golpe la segunda llenada. Después se detuvo a respirar. Se olía a si misma a orines. Despreciaba a aquel muchacho, por verse en aquellas condiciones.
-¡Te voy a volver a poner la cinta en la boca, no me puedo permitir que grites! - Dijo Raul.
En ese momento Sofía se lanzó hacía Raul y lo agarró del pelo de tal modo que lo hizo caer.
Su piernas lo bloquearon en el suelo y lo hizo retorcerse. Pero la fuerza del muchacho la hizo caer de lado. Raul se puso encima de ella, dejándola noqueada y sin poder moverse.
Sofía seguía moviendo las piernas en intentando zarandearle. Pero tal y como la tenía era casi imposible. Sus piernas quedaban presas, y los brazos le dolían de pelear con él.
La violencia de Raul superó todas las espectativas de Sofía. La chica se fue rindiendo a su fuerza.
Las manos aprietan la piel suave del cuello de aquella muchacha y la belleza se va marchitando, y el grita con todas sus ganas.
-¡Zorra, ¿te crees algo? ¿te crees que vas a poder conmigo? ni tú, ni nadie, porque yo soy el que mando aquí!
Y mientras siente que toda esa rabia le hace más fuerte, sigue apretando hasta que la vida de Sofía se evapora, se queda entre sus pulmones y sus labios, entre su mirada perdida y sus manos inertes, agarradas a las de él.
Mientras los días de Sofía quedan ya en el recuerdo de quienes las amaron, su cuerpo yace en el salón del piso de Jose. Y Raul la mira, se lleva las manos a la cabeza, golpea con el puño el suelo y piensa.
"Maldita sea, ni siquiera la he probado"
FIN.
By Miriam Giménez Porcel para mi colaboración semanal de la página "El poder de las letras"







lunes, 15 de enero de 2018

Quiero despertar


Quiero despertar para poder reír, saltar, correr y llegar a volar. 
Por ti por mi. 
Por todos los que quieren.
Quiero ver nacer y renacer de nuevo aquel amor. 
Que no. Jamás murió.
Quiero que tu creas que hoy es así, en ti en mi. 
En lo que fue. Solo tuyo, yo. Dos.
Quiero despertar y luego caminar.
Querer sentir. Así. Sin más.
Quiero vencer. 
Aunque jamás perdí.
Por ti, por ser feliz.
By Miriam Giménez Porcel.

lunes, 1 de enero de 2018

Al final del Jardín


Borramos las lágrimas al dolor. 
Y pintamos de arcoiris los labios.
Subimos al cielo una flor.
Y bajamos las penas al sótano.
No quisimos entrar en detalles
de lo que fue mejor o peor.
Nosotros decidimos dar carpetazo,
a lo que estaba matando el amor.
Redecoramos los días.
Llovieron rencores,
para escurrise por las alcantarillas.
Supimos el momento exacto
en que matar lo malo
era lo correcto
y potenciar lo bueno,
lo sano.
Lamentamos el tiempo perdido,
sonreimos las experiencias ganadas.
No invoquemos de nuevo al espíritu
que buscaba matarnos.
Ahogarnos, hundirnos.
Robamos las pesadillas a las noches
y las llenamos de sueños posibles,
con roces, cariño, sudor.
Corrimos agarrados de la mano,
mojándonos la rabia,
cruzamos, saltamos y rodeamos
los charcos que reflejaban mis ganas, 
llegamos al final del jardín jadeando.
No era una huída.
Ganamos la partida que creíamos perdida.
By Miriam Giménez Porcel para mi colaboración semanal en la página: https://elpoderdelasletras.com/