viernes, 17 de agosto de 2012

SOBREPROTEGERLOS

Como adultos que somos, vemos el peligro donde a veces no lo hay, o intuimos peligro y constantemente se lo transmitimos a nuestros hijos, aunque no siempre nos hagan caso y nos tengan por unos pesados.
Procuro que mi hija no crezca demasiado sobreprotegida, ya que al ser hija única es lógico que tendemos a tener los ojos solo posados en ella. Pero siempre he considerado que es mejor educarla en los valores del desarrollo de la propia capacidad personal de decisión e independencia y de seguridad en ella misma, evitando el no toques eso, no toques aquello, no vayas alli, no te muevas... no, no, no... o sea, abogo por educar sin agobiar, e incluso a cierta edad ya encomiendándole responsabilidades (hacer su cama, poner la mesa, recoger su habitación).

¿Qué razones llevan a algunas madres a confundir amor con sobreprotección? ¿Hasta qué punto la sobreprotección puede producir cambios de conducta tanto en los hijos como en el resto de la familia? La primera cuestión que hay que tener en cuenta es que no es lo mismo ocuparse del hijo que preocuparse por ayudarle a crecer como persona.
Cuando un niño es pequeño es evidente que su supervivencia depende de los cuidados maternos y paternos, o de los de otras personas que los sustituyan en ellos. Se trata de cuidados afectivos, físicos y emocionales. A medida que el niño crece y va conquistando diferentes grados de independencia y autonomía, el principal desafío de los padres es aceptar este crecimiento. Durante este tránsito conjunto, el hijo comprende que puede confiar en los demás y sentirse apoyado, y los padres aprenden a ver al hijo real, más que al pequeño que fue o al hijo que desean que sea. Es en este paso de una etapa a otra cuando a veces se cruza la línea invisible que separa el cuidado de la sobreprotección.




Yo siempre he confiado en mi sexto sentido a la hora de protegerle.
La anécdota que me ha motivado a escribir sobre la protección de los hijos es la siguiente: En el día de ayer, me encuentro, junto a mi marido, en la piscina, vigilando a mi hija a cierta distancia, dejándola jugar en el borde, a tirarse en bomba, subir por la escalera, volver a tirarse y chapotear nadando a su manera. Observo que se acercan dos nenas unos años mayor que ella, (7años aprox.tendrian) y que le preguntan donde están sus papas, a lo que mi hija nos señala. A partir de aquí, el juego que las nenas proponen a mi hija es el de hundirse y no salir, aguantar sin respirar, quedando ellas fuera y la nena dentro y tirándole del pelo para abajo, para que no salga.
Desde el primer momento que vi aquellas nenas, no me gustó su actitud, algo me decía que sus intenciones no eran buenas, pero para no parecer una madre sobreprotectora, dejé que mi hija se relacionara y fuera capaz de decir si o no a jugar con ellas.
Pero cada vez que la cabeza de mi hija se sumergía y yo tardaba más de 10 segundos en verla, se me encogía el alma, después de levantarme un par de veces a mirar, sin saber aun de que iba el juego y de preguntar a mi hija si estaba todo bien, al final y sin pensar en sobreprotecciones o si serían paranoias mías o no, llamamos a nuestra hija para que nos explicara a qué estaban jugando. Fue cuando nos enteramos en qué consistía el juego y fue cuando las nenas salieron corriendo para evitarse mi charla o más bien bronca, de mama pesada.
No las seguí, sencillamente intenté hacerle ver a mi hija que si hay algo que no le gusta, si está jugando a algo que no le parece bien, diga NO y se vaya.
Estamos hablando de mi nena de 5 años, no se si logré que lo entendiera o si se acordará el próximo día que se encuentre con algún juego infantil que puede llegar a ser peligroso y yo no esté cerca para advertirla. Sólo sé que espero estar siempre lo suficientemente cerca para, sin parecer sobreprotección, y con mi sexto sentido siempre alerta, poder ayudarla y aconsejarla en los peligros de la vida.

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