viernes, 5 de diciembre de 2014

Huyendo de la Navidad

Si dijera que adoro la Navidad mentiría. No soy la única. Otros callan, lo ocultan. Yo me expreso.
Las navidades perfectas ya no existen, tal vez nunca existieron. 
Es fácil encontrarse con esta conversación y que coincidas con este pensamiento.
Fechas de añoranza, de recuerdos, de ausencia, de faltarte muchos en la mesa, o directamente, ésta no es tu mesa y te gustaría estar lejos, en el lado opuesto del mundo, donde allí no es Navidad.
Allí nada te hará llorar, no quieres recordar.  
Huyendo de la Navidad sería el título perfecto de un libro. Igual ya existe.
Son muchos los que huyen de estas fechas, evitan sentir nostalgia, llámalo como quieras, evitan la pena. 
Son días tristes, pero en aquellas casas donde habitan niños, el espíritu se disfruta de otro modo y la tristeza se enmascara. Intentas volverte crío y simplemente sonríes y procuras que su Navidad, en la retina, en su memoria, vivan la magia de las fechas, como a todos nos hicieron vivirla en nuestra infancia.
Porque, pienso que seguramente nuestros padres hicieron igual, sintieron la misma tristeza de faltarles muchos, pero a su vez sonrieron y actuaron, disfrutaron de algún modo, simulando una felicidad que no sentían, para que la ilusión fluyera.
En estas fechas, la publicidad se centra en la melancolía, en la ternura, en hacernos sentir felices, pero a la vez lo siento muy doloroso, todo.

Es difícil responder qué esperas de la Navidad. Tal vez desearía volver a vivirlas como de niña.

Ahora mismo solo deseo y espero poder conseguir que mi hija la viva como las fiestas más bonitas, y le llegue mucho mucho mucho más tarde: la melancolía de la Navidad.
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