jueves, 26 de marzo de 2015

La sombra

Comienzas temprano. Te agarras a la vida aun sin haber salido el primer rayo del día y dejas que la noche silenciosa quede en la nada a tus espaldas.
Te sabes solo, te quedas tranquilo, disfrutas de ese momento y es que ese es el mensaje, el de sentirse libre por un segundo y ese momento le de luz a tu vida y sentido a tus recuerdos.
No buscas, ni deseas esta continuidad, quieres el cobijo de sus abrazos, los besos de sus labios y te vuelven loco sus mordiscos, pero también necesitas esos ratos. Tu soledad.

Todos los adoramos, son únicos.

Miente quien dice que no necesita evadirse.
Se miente, a si mismo, quien depende continuamente. Se ata quien da explicaciones a todo y comparte minutos, y segundos, por no soltar la cuerda. Y opino que lo mucho aburre, y lo poco falta.
Me gusta sentir esa sensación de necesidad, de querer hablar, juntarnos y reir, pero porque también antes ha habido otras risas, otras conversaciones, con otras personas, ha habido momento para todo. Me gusta sentir esas ganas de hacer cosas juntos, porque lo que me apetecía hacer en soledad ya lo hice, antes, hace un rato o ayer, y ahora toca unirse, así ha de ser.
Es la vida la que te va dando las pautas, es tu carácter el que inicialmente no te deja actuar, ni disfrutar; las inseguridades de uno mismo, las que no nos dejan soltar la cuerda, ni por ti, ni por mi.
Y es que es el tiempo el que al final te dice claramente que no deben haber cuerdas, jamás. En la relación que te sientas atado, no es una situación sana, no es una relación real. Lo real es caminar en paralelo, con similares criterios, y disfrutar separados de hechos que luego unidos te dan para hablar.
Pasa un día más, sales a la calle, no es correr, es avanzar.



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