miércoles, 25 de noviembre de 2015

Madre

Me gusta la seguridad con la que pisas por el mundo.
La sonrisa que le pintas a las mañanas. Y la fuerza que le pones, cuando borras los problemas. 

Me gusta la sinceridad de tus sentimientos, cuando aseguras que sabes lo que sabes, gracias a lo que sientes y a la torpeza del momento. La vergüenza le hace mella y enloqueces por momentos al sentir que de tus labios solo brotan aquellas palabras inteligibles que de cría te salían, cuando los nervios te podían. 

Adoro tu pensar, tu sufrir, tu bondad y el deseo de dirigir por un momento la vida de todos siempre hacia el camino de la felicidad, sin desvíos, sin paradas, sin pretender controlar, pero vigilando, en la sombra que nada se interponga, que el mundo no ensombrezca un destino, una vida, en definitiva,  nuestro sentir.

Pero no eres Dios. 

Ni en tu mano está el camino de nadie, ni puedes evitar su sufrir. 

Eres madre, eso sí, y lucharás con tus fuerzas, hasta el final de tus días. Y tu única misión será desde siempre que ni te veamos caer, ni llorar, ni sufrir, porque sólo así crees que serás nuestro ejemplo, nuestra vida y amor incondicional como jamás por nadie podamos sentir. Y lo que tú no sabes es que somos nosotros, los que no podemos vivir sin ti.

Es y será por siempre la razón de seguir, porque una madre fue la que dió el empujón de la vida desde el minuto uno y una madre es la única que no te abandonará jamás, bajo ningún concepto. 

(Róbale minutos a tu tiempo y dale besos, profesa amor a ese ser que en cualquier momento la vida te arrebatará y entonces ya no volverá y desearás todos los días de tu vida volverla a disfrutar.)
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