lunes, 20 de junio de 2016

Luces de primavera


Tomó un taxi de madrugada.
El rumbo, la ilusión, las ganas y una nueva dirección fué la unica conversación que mantuvo aquella mañana.
La felicidad vino de la mano del sol que iluminaba la estancia. Parecía como si algo la estuviera esperando, alguien impreciso, pero que ella notaba.
Bello domingo se presentaba, sin más pretensiones que desayunar en silencio, salir a escuchar la naturaleza de aquella masia apartada, perderse, para encontrar la paz que tanto anhelaba.
Necesitaba poner todo en orden. Primero su mente. Sus pensamientos. Siempre tan nefastos. La negatividad continua que ella traspasaba. Todos se habían alejado. De un modo u otro fue alertándose de cómo nadie la llamaba, ni se preocupaba de sus miedos, los añoraba, pero no llamaban.
Justificó sus actos, el estres diario, sus propias vidas les alejaban.

De ahí esta huida, de ahí el salir de todo y recapacitar si era ella y debía recuperar a todos los que amaba, o bien debía replantearse el egoísmo y subirse a otro tren, empezar a pensar en si misma, su calma.
Tenía que tomar una decisión al respecto de todo. Por duro que fuera. Para ella. Para él. Para sus hijos. Para todos aquellos que la rodeaban. Su propia infelicidad les agobiaba.
Qué cruel puede llegar a ser. Teniéndolo todo y desear otras vidas.
Cuanto había ansiado, lo había conseguido.
Las metas propuestas, las había alcanzado.
Entonces, ¿porqué tanta inseguridad? ¿Porqué tanto deseo de huir, por empezar de nuevo?
Sin tener sentido, cada noche lloraba.
Sin entender el motivo, cada dia soñaba. Otro amor. Otros sueños. Otra casa.
Desde niña había pensado en crear lo que sus padres jamás lograban. La unidad, la estabilidad, las risas, los gestos de complicidad, en definitiva lo que era una familia real.
Ellos no lo eran, jamás lo habían conseguido y eso le dolía en el alma, y se había propuesto hacerlo bien.
Desde niña se empeñaba en que todo fuera, como debía ser, como tocaba.
Se enamoró. Lo consiguió. Lo enamoró. Su sonrisa, sus curvas, sus ganas.
Se casó y procreó. Eran la envidia de cualquiera que a su paso los mirara, y aun así de puertas para adentro, la vida pasaba. Ni eran felices, ni se amaban.
¿dónde quedó todo aquello que un día se afianzaba?
Él no la miraba, no la comprendía, ni si quiera la valoraba.
Ella lo idolatraba. Y le dió unos hijos que eran su viva estampa. Un hogar que cualquiera soñaba. Una vida estable, que ahora la ahogaba.
Por consejo de su psicóloga, allí se encontraba, perdida en una masía, buscando respuestas a preguntas que no   le gustaban.
¿Se amaban? ¿Se necesitaban? ¿Se huían?
Realmente, se engañaban.
Y lo que más le dolía era, que estaba viviendo la misma imagen de su infancia, los gritos, las malas palabras, el simplemente trabajar y dejar que la vida pasara.
Inmediatamente después empezó a entender que para que alguien la amara, debía empezar por amarse a ella misma, sentirse mujer, deseada, mirarse al espejo y entender que o se gustaba o jamás llegaría a nada. Que o ella misma se valoraba, o no se haría valorar por su marido, por sus hijos ni por su propia mirada.
Inmediatamente después de llorar con inmensas ganas, decidió que empezaría de nuevo. Que valoraría cada amanecer. Que concedería amor y sonrisas y bellas palabras.
Entendería realmente que la verdadera terapia, empezaba en la palabra QUIERETE y después ama.
Regresó, abandonó su corto letargo en aquella estancia.
Serena. Dispuesta a que la entendiera, quien jamás la escuchaba.

Las luces de primavera de cada mañana, cegaron los miedos, enterraron las voces que la atormentaban.
Ella no era su madre. Conseguiría salir de esa depresión prolongada.
Ella es única. Tenía derecho a ser feliz. A no envidiar. A no sentirse abandonada. Se acabó la batalla.
Autora: Miriam Giménez Porcel para elpoderdelasletras.wordpress.com





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