martes, 23 de agosto de 2016

La nada


Sentarse a contemplar la nada, es una tarea no ingrata, sino necesaria.
Es, realmente, cuando más alcanzas.
Observas lo que el tiempo ha conseguido de ti. Contigo.
Lo que hiciste y lo que no.
Lamentas cómo y cuánto quedó.
En la retina de tu vida, en el olvido.
En la memoria guardas los mensajes prohibidos, los actos impuros, los hechos servidos, y sonríes y decides mantenerlos ahí sombríos.

No se está tan mal cuando se está bien, se podría estar peor.
Frase particularmente entresijada.
Pero sensata.

Y es que, vamos a dejar de quejarnos.
Creo en el karma, ese que decide devolvernos un escarmiento de aquellos precipitados, de los que te dejan con la lagrimilla a flor de piel y te preguntas, por qué a mi, por qué ahora que reinaba la calma.

Saber ganar.
Jugar bien las cartas.
No es más feliz el ganador, que el vencido, si el que ganó quedó con un premio que jamás hubo querido.

Me encanta sentarme a contemplar la nada.
Acabar mirando más adentro, que hacía la explanada.

Todos en algún momento lo hacemos. 
Únicamente se trata de admitir quién es el osado, que más aguanta a reconocerse.
A permanecer así callado, y beberse de un trago las ganas de llorar, desconsolada.
Porque te reconoces perdedor de algunas batallas y también ganador de lo que no te esperabas.
Adéntrate en tu mundo y lo escupes, lo lanzas, lo vomitas todo y de nuevo la esperanza de, esta vez sí.
Es la oportunidad esperada.
Volver a sentarse a contemplar la nada.
By Miriam Giménez Porcel para https://elpoderdelasletras.wordpress.com/
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