jueves, 20 de octubre de 2016

Retrato abstracto


Hoy me senté a dibujar un cuadro en blanco. 
De esos que sólo tu y yo veamos.
De los abstractos.
De los que la historia mataría en el recuerdo.
Hoy decidí recrearme en el tiempo. 
E idealicé cómo hubiera sido todo en otro mundo, en otra época, en otro cuerpo.
Y me repito ya demasiado en eso de que en otra vida te besaría y te lamería entero.
Y nada pasaría, no sería un consejo de guerra.
Ni siquiera un lamento.
Pero no es coherente imaginarlo lejos. 
No es constituyente, si lo deseo en este momento. 
Aquí y ahora.
Realmente, dime: ¿cómo podemos hacerlo?
Si me deseas. 
Si me estremezco. 
Si no existe otro trazo más directo, que el de mis manos, dejándose llevar, pintando a lo loco, todo lo que siento. 
No será para tando, dirán muchos. 
Lo que creo es que no es para ellos.
Ingratos, sin sentimientos.
Que ¿para qué? perder mi tiempo en explicarlo. 
Si no lo entenderían. 
Si me ahorcarían en mitad del pueblo. 
Y quemarían mi alma, por matar el reflejo, de ese rostro feliz, que les corroe observar, cada vez que llego por el sendero.
No te aprueban. 
No eres de los de ellos.
Prefiero callar.
Yo dejé de serlo hace tiempo, cuando decidí perderme en tus labios, en tus brazos, en tu piel, enfermera de esas cicatrices, que te hicieron prisionero.
Y fuí considerada la espía, la traidora.
Enfrentada a todos, casi sin aliento, huimos lejos.
Plantamos la vida en otros huertos.
Construimos cimientos en otros climas.
Levantamos hogar en otros suelos.
Hoy me senté a dibujar nuestra historia.
Para que quede en el recuerdo.
Para que cuelgue algún día, en el hogar de mis nietos.
Para que siempre entiendan que ante todo, prevaleció el amor, a las guerras, a los demonios del tiempo, a las disputas sin sentido de los mandatarios sin sentimientos.
Hoy me senté a recordar como en un tiempo la vida estaba dividida en dos.
Y tú y yo decidimos no serlo. 
By Miriam Giménez Porcel



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