domingo, 12 de febrero de 2017

Natural


Yo no quiero que me quiera solo bella y linda por las mañanas, después de pasar por el baño, ducharme, y maquillarme como si de un taller se tratara y salir a las calles casi, casi con una máscara.
Yo no quiero que me quieran por unas apariencias falsas. Unas botas altas. O una falda corta.
Deseamos ser amadas, despeinadas. Con la sonrisa natural puesta. Con nuestra particular gracia.
La valoración del amor llega cada día, cada noche, cada madrugada, cada anochecer ya desmaquillada, cada atardecer, en el sofá tumbada. Y al amanecer recién levantada, a veces malhumorada, otras simplemente aun cansada.
Lo que realmente nos vale, conforme la edad pasa, es entender y que nos entiendan. Escuchar y ser escuchadas. Sorprender y que aun haya magia.
Que sigas viendo a la mujer que viste, cuando tu corazón se acelaraba nada más rozarte una manga.
Que observarás a otras. Que hasta sentirás cosas. Pero que de lo que realmente tengas ganas es de llegar a casa y que la que abrace esas cosas sea quien te espera confiada.
Que existan las ganas de reencontrarse en un lugar, a una hora señalada. Un día cualquiera, fuera de todo, para no hacer nada y eso no sea un aburrimiento, sino la oportunidad de sorprenderte con la persona que convives y ya apenas hablas.
Y volver a reirnos. Y mirarnos cara a cara y sabernos orgullosos del tiempo que hemos apostados unidos. Sentir que ha valido la pena.
La persona con la que te acuestas, con esa que amanece a tu lado cada mañana, fue la escogida. Nadie está obligado a nada. Y las mañanas y las noches pueden ser muy largas cuando se está solo, pero aun pueden ser más largas cuando te sabes solo,  aun estando acompañada.
Todas somos esa chica normal. Que en ocasiones no nos vemos bonitas y necesitamos la palabra, la mirada exacta.
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